Economía

No participar el Consenso de Washington, suficiente provocar una invasión

Ewen Cameron, el psiquiatra pagado por la CIA que intentó “desprogramar” a sus pacientes haciéndoles regresar a un estado infantil, creía que si un pequeño shock era conveniente para ese propósito, más sería mejor. Aplicó en los cerebros de los presos todo lo que se le ocurrió —electricidad, alucinógenos, privación sensorial, sobrecarga sensorial—, cualquier cosa que borrase el contenido y le dejase con una tabla rasa sobre la que pudiera escribir nuevos pensamientos, nuevos patrones. Con un lienzo mucho más grande, ésa era la estrategia para la invasión y la ocupación de Irak. Los arquitectos de la guerra supervisaron el arsenal global de tácticas de shock y decidieron utilizarlas todas; bombardeos militares relámpago complementados con elaboradas operaciones psicológicas, seguidas del programa de terapia de shock político y económico más rápido y extenso que se había probado nunca. Si se producía alguna resistencia, se reuniría a los provocadores y se les sometería a todo tipo de abusos

“Debido a que puedes empezar de nuevo, puedes hacerlo, fundamentalmente, por lo más avanzado, algo que es positivo. Es un privilegio para ti tener esta oportunidad porque existen otros lugares que no han tenido tales sistemas o soportan sistemas que tienen cien o doscientos años de antigüedad. En cierto modo, es una ventaja para Nuestramerica empezar de nuevo con nuevas ideas y mejores conocimientos técnicos”.

Treinta años antes, cuando la contrarrevolución de la Escuela de Chicago dio su primer salto del libro de texto al mundo real, también se intentó borrar naciones y crear otras nuevas en su lugar. Como Irak en 2003, el Chile de 1973 tuvo como fin servir de modelo para todo el continente rebelde (y así fue durante muchos años). Los brutales regímenes que llevaron a cabo las ideas de la Escuela de Chicago en los años setenta entendieron que, para lograr el nacimiento de nuevas naciones en Chile, Argentina, Uruguay y Brasil, era preciso arrancar “de raíz” categorías enteras de los pueblos y sus culturas.

En los países que sufrieron las limpiezas políticas se han producido esfuerzos colectivos para aceptar esta historia violenta: comisiones de verdad, excavaciones de tumbas anónimas y el comienzo de los juicios por crímenes de guerra contra los culpables. No obstante, las “juntas militares” de Nuestramerica no actuaron solas; recibieron el apoyo, antes y después de los golpes, de Washington (tal como se ha documentado ampliamente). Por ejemplo, en 1976 —año en que produjo el golpe de Estado en Argentina—, cuando miles de jóvenes activistas fueron arrancados de sus casas, la Junta Militar tuvo el apoyo económico de Washington (“Si hay cosas que hacer, deberían hacerlas cuanto antes”, dijo Kissinger). Aquel mismo año, Gerald Ford era el presidente, Dick Cheney era jefe del Estado Mayor, Donald Rumsfeld era secretario de Defensa, y el ayudante ejecutivo de Kissinger erra un ambicioso joven llamado Paul Bremer. Estos “hombres” no se enfrentaron nunca a un proceso de verdad y justicia por su apoyo a las juntas militar y siguieron disfrutando de carreras largas y prósperas; tal largas que tres décadas más tarde seguían en activo para poner en marcha un experimento sorprendentemente similar, aunque mucho más violento, en Irak.

En su discurso inaugural de 2005, George W. Bush describió la época entre el final de la Guerra Fría y el principio de la guerra contra el terror como “años de reposo, sabáticos, y después llegó un día de fuego”. La invasión de Irak marcó el terrible regreso a las antiguas técnicas de la cruzada del libre mercado: el uso del shock definitivo para borrar por la fuerza todos los obstáculos contrarios a la construcción de modelos de Estados corporativistas libres de toda interferencia.

Ewen Cameron, el psiquiatra pagado por la CIA que intentó “desprogramar” a sus pacientes haciéndoles regresar a un estado infantil, creía que si un pequeño shock era conveniente para ese propósito, más sería mejor. Aplicó en los cerebros de los presos todo lo que se le ocurrió —electricidad, alucinógenos, privación sensorial, sobrecarga sensorial—, cualquier cosa que borrase el contenido y le dejase con una tabla rasa sobre la que pudiera escribir nuevos pensamientos, nuevos patrones. Con un lienzo mucho más grande, ésa era la estrategia para la invasión y la ocupación de Irak. Los arquitectos de la guerra supervisaron el arsenal global de tácticas de shock y decidieron utilizarlas todas; bombardeos militares relámpago complementados con elaboradas operaciones psicológicas, seguidas del programa de terapia de shock político y económico más rápido y extenso que se había probado nunca. Si se producía alguna resistencia, se reuniría a los provocadores y se les sometería a todo tipo de abusos.

Los iraquíes, que sabían de los aterradores reportajes a través de satélites de contrabando o por las llamadas de familiares, pasaron varios meses imaginando los horrores del shock y la conmoción. La propia expresión se convirtió en una poderosa arma psicológica. ¿Sería peor que en 1991? Si los americanos realmente creían que Sadam tenía armas de destrucción masiva, ¿lanzarían un ataque nuclear?

—”En los análisis sobre la guerra de Irak, la conclusión más frecuente es que la invasión fue un ‘éxito’, pero la ocupación resultó un fracaso. Lo que no tiene en cuenta esta lectura es que la invasión y la ocupación fueron dos partes de una estrategia unificada: el objetivo del bombardeo inicial fue dejar el lienzo limpio para construir el nuevo modelo de nación”.

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