Política

Ingenioso saqueo

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El gobierno argentino viene impulsando la creación de un nuevo impuesto, cuya denominación me resulta involuntariamente graciosa: “renta inesperada”.

Procura sumar una sobre-alícuota del 15% del impuesto a las ganancias, específicamente para las empresas que las hayan acrecentado este año, en comparación con 2021.

Lo interesante es que cualquier empresa que paga impuesto a la renta, si gana más, obviamente abonará más. Es lo que tienen las matemáticas. Pero siempre habrá un gobierno populista para buscarle la vuelta a las ciencias exactas: ya no es que pague más el que gana más, sino que pague todavía más de lo que debería. Castigan el éxito pero no amparan el fracaso, porque si la empresa tiene pérdida inesperada, que se embrome.

El Estado se convierte así en el socio más próspero que pueda soñar cualquier emprendedor: explota un negocio sin el menor riesgo.

La simpática táctica saqueadora debe ser presentada de forma tal que no lo parezca. En la cabeza del político populista, los empresarios exitosos no son personas que hacen crecer la economía. Más bien son vistos como expoliadores del prójimo, a quien aparentemente le están quitando de los bolsillos las ganancias con que engrosan sus cuentas en Suiza. Así lo han dicho últimamente algunos gobernantes argentinos, saliendo en defensa de su inefable impuesto a la renta inesperada. “Algunos, con unos pases de manos obtuvieron ganancias que cualquiera de nosotros necesitaríamos 15 años de laburo. Hay sectores que se hacen más ricos cuando la mayoría de los argentinos se empobrece”, declaró el ministro de Obras Públicas Gabriel Katopodis. Como si los productores que se benefician con altos precios internacionales no laburaran ni arriesgaran capital. Como si todo fuera un simple pase de manos.

El presidente Alberto Fernández dijo más o menos lo mismo que su ministro, con otras palabras: “cuando algunos ganan mucho y millones se empobrecen, eso no es una sociedad, se parece más a una estafa”. Para evitarla, castigan a los agentes de crecimiento económico genuino y los empujan a dejar de invertir, a mandar la plata para afuera, hacia algún país cuyo gobierno les deje hacer negocios, sin pintarles colmillitos de vampiro. Y cuando esto ocurra, los millones que se empobrecen serán cada vez más millones; es una película que se viene repitiendo hasta el hartazgo en todos los países donde se aplican esas estúpidas fórmulas demagógicas, sustentadas en el más pueril pensamiento mágico. Echan del país la inversión productiva y, con ella, terminan echando también (y sobre todo) a los más vulnerables, que emigran forzados por la pobreza a países gobernados con sentido común.

Lo más patético es que, cuando uno dice estas cosas que son absolutamente obvias, del otro lado se activa el reflejo inmediato de la descalificación: sos un cipayo de los poderosos, estás comprado por ellos o sos un vulgar ignorante, por no haber cursado el catecismo de “El capital”. Para evitar ese mal momento, muchos comunicadores e intelectuales prefieren agachar la cabeza y callar, o si no, asumir posiciones pretendidamente equilibradas, pegando un poquito para allá y un poquito para acá, con tal de no jugársela.

Cualquier semejanza con el discurso económico de la oposición uruguaya -y con la liviandad de algunos opinólogos- no es mera coincidencia.