Economía

Maldito valiente

Venezuela, España, México, Caracas, República Dominicana
El Napoli felicita al Cruz Azul por ganar la Leagues Cup

Contra ti mismo cuántas veces;

cuántos modos conoces

de hacerte daño.

Ya no quedan violines

y la melancolía de las fuentes

posee menos memoria

que sentido común.

Juan Carlos Abril

Las pequeñas victorias son la resistencia a un presente que se ahoga; o un autoengaño. Me pregunto quién reinventó el tiempo de los valientes e hizo de un adjetivo en desuso una palabra manoseada.

De los valientes no es ni el presente ni el futuro porque no existe más presente que ayer, y quienes se empeñan en negarlo hunden su existencia en cloacas de ciudad, en alcantarillas de verdad, y se deslizan hacia un porvenir que arde en las llamas del terror colectivo.

Y son ellos quienes cerrarán las calles y abrirán los bares para encontrarse con un presente vacío: con fantasmas y hombres grises que andan por una Castellana sin coches; por un Retiro con árboles caídos; por una Atocha sin trenes.

Y los muertos andarán hasta llegar al mar y repetirán su ahogo y su desidia, su desazón y su tortura. 

Carbón en los pulmones

que no les deja respirar 

pero no les asesina

que no les deja seguir 

pero no les para.

Suicidios fallidos, como si fueran valientes o lo hubieran sido, como si supieran qué significa, como si no disimularan las veces que volvieron a la ciudad para pasearse por un centro comercial con rifles en las manos.

El resultado son cristales rotos sin perdón y con bordes llenos de la sangre de los culpables de una tortura a la natural, a la savia blanca de los árboles que eran antes respeto y orden. Ahora ya ni siquiera es esa la manera de actuar y solo se utiliza el poder para ser más de lo se era y tener más de lo que se tenía.

Por eso me río cuando en las calles suenan las voces de quienes los creen saber todo, de quienes enaltecen esas pequeñas victorias como si fueran triunfos; solo porque son de otros. La cotidianidad para ellos es desdén y desprecio inherente a sus discursos, soberbia de quien se piensa ajeno a la desgracia.

Por eso me río cuando dicen que cada uno es dueño de su futuro, como si ellos conocieran el término futuro, o como si ellos supieran a qué se dedican quienes vagan en la nocturnidad de cualquier plaza o mendigan a plena luz del día. La risa siempre termina por convertirse en llanto ahogado, porque ni a mí me hace tanta gracia, ni a ellos les conmueve tanto.